Las quejas
Escrito por Rev. Martín Añorga    Miércoles, 13 de Mayo de 2009 09:36    Imprimir E-mail

Antes yo solía ver en algunos negocios, colocado en algún lugar visible, un “buzón de quejas”. Un día le pregunté a la persona que parecía ser la que administraba el negocio en el que había uno de esos buzones, si en realidad los abrían, y si lo hacían, le pedí que me dijera cuáles eran las quejas más comunes. Se trataba de un restaurante. Las quejas más comunes eran estas: “se demoraron mucho en servirme”, “la comida es malísima”,  y “con esos precios, no volvemos”. Por supuesto, el buzón duró menos que las quejas de los clientes.
En la ocasión en que volví a este lugar, ya no estaba el buzón. Al preguntar por qué, alguien me contestó: “¡Ahora los que queremos quejarnos somos nosotros y no hay quien nos abra un buzón”.
Visité una vez una iglesia en la que en el recibidor había una mesita y sobre la misma un lindo buzón con esta invitación “Compártanos sus sugerencias”. Me causó tanto asombro este hecho que le pregunté al pastor qué resultados obtenía con esa innovación. Me miró sonriente y me dijo: “Ninguno. La gente se cansó de hacer sugerencias”. Al indagar acerca de las razones, me contó lo siguiente: “Mira, las sugerencias nunca fueron de peso. Eran cosas como estas: “el culto es demasiado largo y los sermones del pastor también”, “el coro hay que mejorarlo”, “el aire acondicionado está funcionando mal, o hay mucho frío o mucho calor”, “siempre se la pasan pidiendo dinero”. Más tarde, en el almuerzo, le dije al pastor que un buzón para quejas o sugerencias sirve para que la gente descargue sus emociones reprimidas. Me preguntó si en la iglesia que yo pastoreaba había un buzón de esos. “¡Qué va!: en la iglesia en que yo trabajaba la gente descargaba las quejas directamente conmigo!”, le dije sonriente.
Quejarse es una vivencia normal. Si no nos quejáramos del dolor no acudiríamos a un analgésico, si no nos quejáramos de la ineficacia de un servicio nadie lo mejoraría. En nuestras consejerías matrimoniales siempre hay un espacio para las quejas. Se le pregunta a la esposa en que se queja de su marido, y después, separadamente, se le pregunta a este cuáles son las quejas que tiene en relación con su compañera. Cuando se reúne a ambos cónyuges y se les explican las quejas mutuas, la pregunta racional tiene que ver con el procedimiento para resolver los conflictos.
“El llega muy tarde del trabajo. Cuando sale se entretiene con sus amigos y llega tarde a la casa”, es una queja de la esposa.
“Cuando llego a mi casa, ella empieza a decirme lo mal que se portaron los muchachos, lo cansada que está con los quehaceres y la poca ayuda que yo le presto”.
Armonizar estas diferencias es tarea para un buen consejero. A mí me enseñó un llamado Dr. Hiltner, profesor de consejería pastoral, que lo mejor era preguntarle a cada uno: “¿Qué estás dispuesto/a  a hacer para que estas quejas se vuelvan inexistentes? La clave es que los problemas conyugales se arreglan mejor de adentro que desde afuera, y que las quejas deben utilizarse como instrumento para mejorar la relación, no para destruirla..
A menudo formamos una polvoreda y después nos quejamos de que no podemos ver por donde vamos. Para quejarse hay que tener clase. Dar golpes sobre la mesa, saltitos nerviosos, gritar como un elefante despavorido, amenazar con los brazos en alto y poner las manos sobre otra persona, son acciones que convierten la queja en ofensa, agresión y tumulto. Cuando nos quejamos abruptamente siempre habrá quienes no nos presten atención, lo que significa que nos quejamos en vano; pero siempre habrá otros que nos escuchen y que no harán nada, y entonces nos habremos quejado por gusto.
Un buen canal para la queja es la oración. El buzón de quejas a Dios nunca está lleno y siempre se abre de manera instantánea. Yo creo que confiarle nuestras quejas a Dios es señal de que tenemos comunicación con El, y eso es bueno. Además, sin quejas no hay oración completa.
No sé dónde leí este pensamiento: “Me quejé a Dios porque no tenía zapatos, y de pronto me callé la boca cuando vi a uno que no tenía pies”. Es cierto que a menudo nuestras quejas son viciosas. Nos quejamos por majadería, impaciencia o incomprensión, aunque a veces, por supuesto, las quejas son razonables, necesarias y efectivas. Saber la diferencia es de gente inteligente. Y saber cómo quejarse es de gente sabia.
Todos los días vivimos rodeados de quejas. Alguien se quejaba conmigo de la intensidad del tránsito. Un día le dije a esa persona: “Te quejas de otros, cuando tú mismo eres parte del problema. Sale del tránsito, así lo mejoras y te mejoras”.
Un familiar cercano se queja de los altos costos de la vida. Y lo entiendo, porque una queja como ésa nos quita un poco de presión. Recuerdo que una tarde vino a casa y vio que habíamos comprado una marca de cereal que ofrecía dos paquetes por el pago de uno. Su observación fue: “yo no ahorro nada en las cosas que me compro para comer”. Yo me pregunté a mí mismo cómo es posible que nos quejemos de los altos precios y no aprovechemos los “especiales” que en tiempos como estos nos ofrecen los supermercados. Es una mala política que nos quejemos de cosas que nosotros podemos resolver. ¿Nunca le ha pasado que se queja de mucho dolor en la planta del pie, y descubre, al quitarse el calzado que era una piedrecita que se le había alojado en la media?
Yo voy a atreverme a dar diez consejos para combatir nuestra tendencia a la queja. Son simples y breves mandamientos:
Nunca se queje antes de analizar la razón de su queja.
Si se queja de lo que otra persona hace o de un servicio ineficaz que le prestan, hágalo con cortesía. Es mejor que “le cojan lástima que mala voluntad”.
Quéjese de cosas que pueden resolverse. Quejarse del calor, de la lluvia o de la fuerza del viento es como tratar de quitarle la sal al mar.
No se haga miembro del círculo vicioso de la queja. Trate de vez en cuando de alabar y elogiar. Después de eso se hace más difícil la crítica innecesaria.
A menudo es más cómodo quejarse ante las personas que uno ama: la madre, el cónyuge, los hermanos o los hijos. No se queje, haga sugerencias. Y pregúntese si usted mismo no es una fuente de quejas para otros.
Aprenda a diferenciar entre la queja y la envidia. Quejarse de lo que otros tienen, porque a nosotros nos falta, es una seria desviación del carácter.
Pare de quejarse de su suerte. El que se queja de sí mismo, se cierra el camino del mejoramiento. Además, en la mayoría de los casos, lo que nos pasa es el resultado de nuestra propia actitud.
Esté siempre dispuesto a oír las quejas de otros. La gente necesita atención. Una pizca de atención levanta una libra de dignidad.
Quéjese ante Dios. No porque jugó y no se sacó la lotería. Quéjese ante Dios de su soledad, melancolía, enfermedad o tristeza; pero recuerde siempre este lema: “Ore como si todo dependiera de Dios; pero actúe como si todo dependiera de usted mismo”.
Finalmente haga la prueba de pasar un día sin quejarse de nada. Es una buena manera de aprender a sacarle la miel a las flores en lugar de hincarse con sus espinas.

 

 

 

Actualizado ( Miércoles, 20 de Mayo de 2009 11:56 )
 
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