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¿Por qué siento miedo?
Escrito por Rev. Martín N. Añorga    Martes, 30 de Julio de 2013 15:25    Imprimir E-mail

Experimentar miedo es normal. Si la tierra tiembla, surge un terremoto, nos amenaza un huracán o estamos en medio de un fuego, lo más natural es que nos asustemos, a veces hasta de forma exageradamente peligrosa; pero hay otros miedos que son raros, y hasta incomprensibles, que los médicos han calificado como fobias.

La palabra fobia es derivada del griego “Fobos”, que literalmente significa “pánico”. No se sabe exactamente cuántas fobias existen. Algunos afirman que son centenares, otros miles. Curiosamente las estadísticas señalan que más del 3% de los estadounidenses sufren de fobias, especialmente las mujeres. En este modesto artículo voy a citar casos anecdóticos relacionados con las fobias. Creo que vamos a pasar un rato interesante.

Hace años yo solía hacer visitas acompañado de un pastor ya anciano, que ejercía tremenda influencia espiritual sobre los demás. En cierta ocasión entramos al patio frontal  de una residencia y de pronto aparecieron ante nosotros dos gigantes perros que gruñían amenazadoramente. Mi acompañante empezó a temblar y  por su frente corrían copiosas gotas de sudor. Yo le sugerí que nos mantuviéramos estáticos pues cualquier impropio movimiento provocaría a  los perros que nos vigilaban con inquietante atención. Pasaron unos minutos que parecieron horas cuando la dueña de los canes abrió su puerta y ordenó a sus perros que se alejaran. A mi  compañero pastor hubo que administrarle un sedante y permitirle que se sentara tranquilo por un buen rato hasta que se mejorara del susto.

Cuando regresábamos le dije a mi compañero que yo no sabía que él  padecía de cinofobia, “miedo a los perros”. Me confesó que peor era lo de su esposa, que se aterrorizaba ante un gato. - ¡Ah! –comenté-, ella padece de aliurofobia”.  Me miró fijamente y exclamó, “bueno, por hoy basta de fobias”.

Un simpático caso sucedió una mañana de domingo en la iglesia. Al terminar el servicio religioso, se desencadenó una tormenta con una intensa lluvia. Estábamos en el portal, protegidos por un sólido techo, y vi de pronto a una señora, cubriéndose el rostro con ambas manos, y  llorando sin poder contenerse. La conduje a un saloncito interior donde le ofrecí una silla, y me contó que desde niña le tenía un miedo absurdo a la lluvia. La señora padecía de ombrofobia debido a un accidente de su infancia. Me preguntó si era malo temerle a la lluvia. Le dije que no, sobre todo si uno estaba debajo de un buen  paragua.

Un miedo que yo nunca pensé que existiera atormentaba a una joven que no había llegado todavía a sus treinta años de edad. que sufría secretamente pensando que iba a quedarse soltera. Consulté un libro para averiguar si era normal que una persona sintiera miedo ante la idea de que no iba nunca a contraer matrimonio, y me encontré con la palabra anuptafobia, “miedo a la soltería”. Para esta fobia el remedio no estaba en manos de ningún profesional. La bendición de encontrarse un buen marido pertenecía solamente a la voluntad de Dios, aunque la dama implicada tenía que hacer su diligencia. Así sucedió y en la noche bodas se disipó la anuptafobia.

Hay una rara fobia que a mí, personalmente ha comenzado a afectarme. Se llama catoptrofobia, “miedo a mirarse en un espejo”. No hay nada más indiscreto que un espejo, preguntémoslo a una mujer, pues  exhibe las arrugas y proclama  indiscretamente los efectos que los años provocan. En cierta oportunidad visité a una señora que tenía en la sala de su casa un espejo cubierto con una linda túnica. No tuve que preguntarle por qué. Ella me confesó: “odio a ese espejo que cada vez que me mira me grita lo vieja que estoy” “Estamos en el mismo carro”, le dije sonriente.

Vivía yo en un pequeño pueblo de Matanzas, en el que conocí a un simpático vendedor de viandas y frutas  que recorría las calles en un  destartalado carretoncito. La gente decía que sabía de la  presencia del vendedor antes de que se acercara por el peculiar olor que su cuerpo despedía. Cuando tuve suficiente confianza con él, me atreví a preguntarle por qué no se aseaba. Me contó que siendo niño se le resbaló de las manos  a su madre mientras ella le rociaba agua, cayendo en una batea en la que poco le faltó para  que se ahogara. Padecía este hombre, sin saberlo, de un  miedo irracional que se llama ablutofobia, “miedo a bañarse”. Después de una esmerada terapia personal logré que probara la aventura de un baño. Le regalé un par de jabones y un par de toallas, y hasta un pomito de colonia. Pasaron unas semanas y una mañana me tocó a la puerta, bañadito, con grato olor a limpio. No todas las fobias se curan tan rápido, pero las personas que logran superarlas sienten como si se le hubiese quitado una carga de encima.

Todos, por seguro, hemos conocido a personas maduras, cultas e inteligentes, que nunca lograron conducir un vehículo de motor. No cito nombres porque la indiscreción es una falta reprobable; pero sí digo que no debemos juzgar negativamente a estas personas, pues las mismas han sido víctimas de amayofobia,  “miedo a conducir un automóvil”. Un conocido psiquiatra, amigo mío, me explicó que la mayoría de las fobias tienen sus raíces en desagradables experiencias de la niñez y del pasado, y tenemos que ser pacientes con las personas que las sufren.

Hay fobias que son verdaderamente increíbles. El miedo a las mujeres hermosas se llama caliginefobia. Incidentalmente, no conozco a ningún hombre que la padezca; pero el mal, según la ciencia, existe. Y está el miedo a manejar dinero. La fobia se califica como crometofobia. Conozco a un señor que cada vez que toca una moneda o un billete de banco se saca del bolsillo una cajita de servilletas antisépticas y se limpia febrilmente las manos, mientras  afirma que no hay cosa en el mundo que contenga y contagie más  bacterias que el dinero.

¿Quiere usted  una fobia más extraña que la sitiofobia, ( del griego sitos, alimento y la raíz fobia, temor), miedo irracional a las comidas o a comer? La anorexia, que algunos relacionan directamente con la sitiofobia, es un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), que consiste en temor obsesivo a engordar, que lleva a aborrecer la comida y a reducir progresivamente lo que se come hasta no poder comer casi nada. A menudo las personas que hacen una estricta dieta terminan siendo sitiofóbicos y ponen en peligro sus vidas.

Hay miedos que son tan generalizados que podemos afirmar que universalmente se padecen. La tafiofobia es el miedo a ser enterrado vivo. Desde pequeños hemos oído espeluznantes historias sobre cadáveres desenterrados que se habían movido en sus féretros. Ser enterrado vivo es lo máximo a que puede  llevarnos la claustrofobia, miedo a estar encerrado en un pequeño espacio sin posibilidad de salida, como un elevador.Hay personas que no pueden viajar por miedo a estar encerrados en un avión o en un autobús . No más que pensar que las introduzcan en un sarcófago, las pone a temblar. Quizás la cremación sea el antidoto para la tafiofobia, al menos que se padezca de pirofobia miedo  al fuego.

Una fobia de la cual deben cuidarse los enamorados es la filemafobia, miedo a los besos. Y para terminar de una manera festiva, hago la pregunta: ¿cuántos maridos quisieran que sus esposas padezcan  de “laliofobia”, miedo al hablar?. 

 

 

 

 

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