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El gran congelamiento de las contrataciones
Escrito por Robert J. Samuelson    Miércoles, 28 de Julio de 2010 12:40    PDF Imprimir E-mail

WASHINGTON—  A juzgar por las ganancias de las corporaciones, deberíamos estar disfrutando de una poderosa recuperación económica. La caída de las ganancias en la recesión fue de alrededor de un tercio, aparentemente la peor desde la Segunda Guerra Mundial. Pero todos los días hay informes de avances. En el segundo trimestre, las ganancias de IBM subieron 9,1 por ciento con respecto al año anterior. Las estadísticas del gobierno hasta el primer trimestre inclusive (las últimas disponibles) muestran que las ganancias se han recuperado en un 87 por ciento con respecto a la caída durante la recesión. Cuando se tabulen los resultados del segundo trimestre, las ganancias podrían exceder su pico anterior.
El repunte de las ganancias debería ser un buen presagio. Libera a las empresas para ser más agresivas. Están sentadas ahora sobre enormes reservas de efectivo: un récord de 838.000 millones de dólares para empresas industriales del índice de Standard & Poor (empresas como Apple, Boeing y Caterpillar) a fines de marzo, lo que representa un 26 por ciento más que el año pasado. “Tienen los medios para hacer lo que quieran —contratar; realizar nuevas inversiones; elevar los dividendos; realizar fusiones y adquisiciones”, expresa Howard Silverblatt, de S&P. Históricamente, con mayores ganancias se producen más contrataciones, expresa Mark Zandi, de Moody’s Economy.com. Excepto en el caso de las empresas nuevas, las compañías con pérdidas no generan muchos puestos de trabajo nuevos.
Hasta el momento, al diablo con la historia. El contraste entre la reactivación de las ganancias y la paralización en el crecimiento de los puestos de trabajo es asombroso. De fines de 2007 a fines de 2009, hubo una reducción de casi 8,4 millones de puestos de trabajo de la nómina. Desde entonces la economía ha recuperado un escaso 11 por ciento de esos puestos perdidos. A las empresas les está yendo mucho mejor que a los trabajadores; ese factor define la economía actual.
La explicación más obvia es que la relación entre la mano de obra y el capital (para tomar prestado el vocabulario marxista) se ha modificado. El capital se ha fortalecido; la mano de obra se ha debilitado. El economista Robert J. Gordon, de Northwestern University, sostiene que el “viraje de la compensación de los ejecutivos hacia una utilización mucho mayor de las opciones de compra de acciones” ha conducido a que los gerentes corporativos corten costos más severamente en las recesiones y sean más renuentes a emplear gente en las recuperaciones. Disminuir el personal constituye la forma más rápida de restaurar las ganancias y, a partir de allí, el precio de las acciones de una empresa.
En un nuevo estudio, Gordon sostiene que el cambio de conducta de la economía data de los años 80. Hasta entonces, las empresas tendían a proteger a los empleados de carrera y el desempleo seguía el curso predicho por el economista Arthur Okun en un famoso estudio de 1962. Pero ahora, el desempleo excede la fórmula de Okun y las “recuperaciones sin trabajo” son la norma. Después de la recesión 1990-91, el crecimiento constante de los puestos de trabajo no se reanudó en todo un año; el retraso fue de casi dos años después de la recesión de 2001. (El National Bureau of Economic Research, un grupo de economistas, determina el fin de las recesiones, generalmente cuando la producción económica comienza a expandirse. El crecimiento de puestos de trabajo no coincide automáticamente con la expansión de la producción. Los avances en la productividad —mayor eficiencia o mayor producción por trabajador— dan cuenta de la diferencia. El NBER no ha declarado aún el fin de la última recesión, aunque la economía comenzó a expandirse en el verano de 2009).
Aparte de las opciones de compra de acciones de los ejecutivos, Gordon cita los sindicatos más débiles y una mayor competencia, tanto de las importaciones como de los inmigrantes, como factores que socavan el poder de negociación de los trabajadores. La historia también importó. La dura recesión de 1981-82 amenazó la supervivencia de muchas firmas. A causa de esa experiencia casi fulminante muchos gerentes se inclinaron a los despidos más amplios. Lo que comenzó como medida de último recurso poco a poco se convirtió en rutina. También se produjo un cambio generacional. Los directores ejecutivos de la época de la depresión, sumamente sensibles a la inseguridad laboral, se jubilaron. Los ejecutivos más jóvenes se preocuparon más por los desafíos de la competencia y de las adquisiciones corporativas.
Mirando atrás, los despidos masivos de 2008 y 2009 no deberían haber sido una sorpresa. “Con el colapso del sistema financiero”, expresa la economista Lynn Reaser, de Point Loma Nazarene University en San Diego, “las empresas tuvieron que conservar el efectivo desesperadamente, (porque) no podían confiar en financiamiento exterior”. Por tanto, redujeron salvajemente puestos de trabajo, inventarios y proyectos de inversiones nuevos (computadoras, maquinaria, fábricas). En el cuarto trimestre de 2008, y el primer y segundo trimestre de 2009, las inversiones de las empresas se redujeron a una tasa anual del 24 por ciento, 50 por ciento y 24 por ciento. Nada así había ocurrido desde por lo menos los años 40, señala Gordon.
“Las empresas no pueden llegar a un crecimiento de las ganancias constante mediante el recorte de los costos”, sostiene Zandi. “Tarde o temprano, necesitan generar un crecimiento de ingresos que requiera inversiones y contrataciones”. Existen algunos indicios favorables. Las empresas parecen haber aumentado el reemplazo de computadoras envejecidas; lo que podría crear nuevos puestos de trabajo. General Electric dice que su presupuesto de 2009 para investigaciones y desarrollo de 3.300 millones de dólares subió un 18 por ciento desde 2006 y está apoyando nuevos productos, desde pilas hasta películas solares.
Pero no está claro si las elites corporativas están tan traumatizadas por la crisis que han adoptado una mentalidad de bunker. Eso, como la incertidumbre de las políticas del gobierno de Obama, podría ser inquietante. Lo que podría atraer a empresas individuales —recortar gastos para maximizar las ganancias, acumular efectivo para protegerse de una crisis financiera futura, esperar para contratar hasta que las ventas mejoren— podría, si es adoptado por la mayoría de las empresas, sabotear una recuperación más enérgica. Si la mano de obra está acobardada y el capital es excesivamente cauto, la economía sufrirá.

 

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