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SAN DIEGO – Hace unos años, antes de que se produjera la actual recesión, dirigí la palabra a un grupo de estudiantes de escuela secundaria y acabé siendo sometido a un examen de sorpresa. Aseguré a mi audiencia que si se fijaban metas altas, trabajaban duramente, hacían sacrificios y nunca se daban por vencidos, podrían tener éxito. Un estudiante levantó la mano rápidamente y preguntó cuál era mi definición de éxito. Le dije que iba más allá de la riqueza material, que era dedicarse a algo que a uno le guste y que encuentre satisfactorio, pero que aún le brinde suficiente sustento económico para impedir que se abandone el barco y se pase a hacer otra cosa. El estudiante sonrió haciendo un gesto de aprobación con entusiasmo. Pienso en ese encuentro cada vez que entrevisto a un académico que ha estudiando los hábitos de trabajo y las preferencias laborales de la llamada Generación del Milenio, que va de los 18 a los 29 años. O cuando leo encuestas de jóvenes que colocan la satisfacción laboral por encima de inquietudes salariales y de seguridad. Y me pregunto si mi respuesta hizo más mal que bien. En el contexto del debate sobre la inmigración, he escrito mucho sobre la carencia de una ética laboral entre los miembros de la Generación del Milenio —especialmente en lo referido a trabajos duros que sus padres y abuelos desempeñaron hace una o dos generaciones. Y los jóvenes no sólo están evitando los peores trabajos, sino casi cualquier trabajo. La tasa de desempleo para estadounidenses jóvenes ronda en alrededor de un 14 por ciento, comparada con la tasa nacional de un 9,5 por ciento. Otro 23 por ciento de gente joven ni siquiera busca trabajo, según la Oficina de Estadísticas Laborales. Pero está la otra cara de la moneda. Entre los jóvenes que sí quieren trabajar, y los que fueron a la universidad y quizás incluso obtuvieron un postgrado con la expectativa de que la adquisición de más educación automáticamente los condujera a un buen empleo, muchos no creen en la idea de pagar sus deudas. Indican a reporteros y encuestadores que quieren asegurarse de que no perderán tiempo en un empleo sin futuro. La vida no ofrece garantías de ese tipo. Y además, pagar las deudas funcionó bastante bien para las generaciones anteriores, que parecieron tener más respeto por la idea del trabajo en general. Uno aceptaba un empleo aunque no fuera el empleo ideal, con la esperanza de que surgirían otras oportunidades para que uno ascendiera. Para el joven trabajador del siglo XX, todo tipo de trabajo se consideraba valioso, como mínimo porque proporcionaba la forma de volverse independiente y de irse del hogar de los padres. Hoy en día, como muchos en la generación del Milenio no están dispuestos a ir ascendiendo desde abajo y están esperando su empleo ideal, incluso si ello significa rechazar lo que generaciones anteriores hubieran considerado buenas ofertas de empleo, no es de extrañar que más y más veinteañeros estén viviendo aún con Mamá y Papá. El Pew Research Center halló que en 2008, cuando se inició la recesión, el porcentaje de la población que vivía en familias donde al menos había dos generaciones presentes subió un 16 por ciento. En las buenas épocas, esa cifra hubiera sido tan baja como un 12 por ciento. Entre los jóvenes que se han quedado en casa de sus padres encontramos a Scott Nicholson, de 24 años, objeto de un reciente artículo de The New York Times. Este graduado universitario desempleado vive con sus padres en Grafton, Massachusetts, mientras busca en sitios webs vacantes en corporaciones y envía su currículo a aquellas que considera aceptables. Tras una cantidad de entrevistas, le ofrecieron, recientemente, un empleo como tasador de seguros asociado en una compañía de seguros. El puesto era de 40.000 dólares por año, más que suficiente para que se independizara. Nicholson rechazó el trabajo y prefirió reservarse para el puesto corporativo que realmente deseaba —uno que le ofreciera la oportunidad de avanzar en su carrera. Es difícil sentir pena por alguien que, recién salido de la universidad, rechaza un primer trabajo de 40.000 dólares anuales para esperar algo mejor. Y me pregunto cuántos otros jóvenes estadounidenses están tomando decisiones similares. Ahora que el Congreso ha aprobado una ley para extender los beneficios de desempleo, los medios principales están produciendo artículos en los que intentan pintar a los desempleados de Estados Unidos como desvalidos y dignos de comprensión. Algunos son ambas cosas. Otros, ninguna de las dos.
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