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Límites naturales
Escrito por Hugo J. Byrne    Miércoles, 09 de Junio de 2010 16:59    Imprimir E-mail

En este planeta casi todo lo conocido tiene límites y la historia es una constante verificación de ellos.  En trabajos anteriores hice referencia a los límites del poder y describí cómo el poder político puede lucir casi ilimitado cuando se le compara al poder económico.  Este último siempre tiene límites apreciables, no solamente por el monto del capital, sino también porque puede comprarse únicamente lo que se ofrece a la venta.  Los bienes materiales también se adquieren sin necesidad de incurrir en legítimas transacciones comerciales.  El robo es una práctica prehistórica a través de la que se obtienen bienes por la violecia o el engaño.  Cuando el robo ocurre mediante el uso arbitrario de los poderes del estado es usualmente conocido por apelativos tales como intervención, nacionalización, socialismo, redistribución equitativa, justicia social, etc.
 
Por consiguiente, el poder político no aparenta tener límites específicos.  En las sociedades civilizadas esos límites varían de acuerdo a las instituciones de cada estado y a la fidelidad con que se observen las reglas establecidas por ellas. En Estados Unidos por ejemplo, el documento que debe regular las funciones del estado es la Constitución, con todas sus enmiendas.
 
Más allá de los límites que circunscriben las actividades humanas, existen otros límites que la naturaleza impone sobre esas actividades, como resultado natural de las mismas.  Esas limitaciones pueden apreciarse fácilmente.  No cabe duda que Raúl Castro, por ejemplo, tiene mucho más control físico sobre cualquier persona en Cuba que el que puede ejercer Obama (hasta hoy) sobre cualquier ciudadano en Estados Unidos, e infinitamente más que el que puede ejercer un gerente de cuarta categoría de “Wal-Mart” sobre cualquiera de los empleados en su departamento.
 
Sin embargo, la diferencia en recursos que el gerente de “Wal-Mart” obtiene por su limitado control sobre el empleado a su cargo, en términos de beneficio para el consumidor, el propio empleado y la corporación, en el peor de los casos duplican las que puede obtener Obama de su limitado control sobre un ciudadano norteamericano común, e infinitamente superan las obtenidas por Raúl Castro de su absoluto control de un infeliz siervo de la gleba.
 
Estas claras nociones definen la real naturaleza del gobierno y explican también en gran medida, no sólo las raíces financieras de la presente crisis económica mundial, sino los orígenes políticos de la frustración popular ante la impotencia de Washington en la tragedia ambiental que asola el Golfo de México.
 
Papagayos en la prensa llamada de “main stream” han repetido hasta el cansancio la noción orate de que la avaricia mercantil por sí sola nos llevó a la crisis de crédito que produjera la recesión y el crecimiento del índice de desempleo desde menos de 5% en los primeros años de la década que termina, hasta el presente 9.9%.   El deseo absurdo de obtener una ganancia artificial y rápida jugó sin duda un papel importante en nuestra presente ruina.  Sin embargo, con pocas excepciones ni se menciona que fue el estado quien originó la debacle económica.  La avalancha de ejecuciones forzosas de hipotecas fue originada en las regulaciones impuestas por Washington, forzando en la industria bancaria el crédito fácil y estimulando una avalancha de irresponsables aventuras financieras.

Fueron los organismos semifederales que supuestamente garantizaban el crédito bancario, llamados Freddy Mack y Fanny Mae, los primerísimos en crear la recesión presente.  Imponiendo regulaciones colectivistas de crédito ausente de límites razonables, Freddy y Fanny estimularon la irresponsabilidad desde los tiempos de la administración Clinton. Esa práctica fue mantenida hasta que el globo reventara en el 2008.  Con el beneplácito del liderazgo congresional, sistemáticamente se extendió crédito a entidades e individuos sin capacidad probable de cumplir compromisos hipotecarios, todo en aras de la redistribución arbitraria del capital, pero cuando se legislan ahora supuestos remedios regulatorios a esos excesos, el Congreso Federal de Norteamérica excluye de ellos a Freddy y Fanny, los dos grandes culpables.
 
La explosiva presente situación económica de Grecia que es bien probable se repita en el futuro inmediato de España, Portugal e Irlanda, se origina exactamente en la misma utopía económica. Es la fantasía del estado como infalible protector omnipotente, capaz de incurrir en deuda ilimitada, pero el que como toda empresa humana es incapaz de producir el milagro de los panes y los peces a la hora de pagar.  Es el fracaso económico final de la socialdemocracia, más lento, pero tan inexorable como el planeamiento al estilo soviético.
 
La calamitosa situación ambiental que ha resultado del escape de crudo en un pozo submarino de casi una milla de profundidad perteneciente al conglomerado Brittish Petroleum en el Golfo de México, es una alegoría perfecta a las limitaciones humanas.  Nada puede garantizar la ausencia de accidentes en la obtención de energía de origen fósil, o de cualquier otra fuente.  Como bien dice el sabio aforismo inglés, “no hay almuerzo gratis”.
 
Sin embargo, aunque los accidentes de derrame de crudo en los océanos son mucho más fecuentes en el transporte marítimo del combustible que en las perforaciones submarinas para obtenerlo, el sentido común indica que la solución al derrame sería mucho más fácil y diez veces más rápida si la profundidad no fuera tanta.  ¿Adivina el amigo lector qué motivo forzó a los ingenieros de Brittish Petroleum a perforar a tal profundidad? ¿Acaso las regulaciones ambientales que prohiben hacerlo más cerca de las costas? ¡Bingo!
 
La demanda popular por una solución rápida al derrame por parte del estado es absurda.  El gobierno federal carece totalmente de los medios o el conocimiento técnico para producir semejante final feliz.  Esperar que Washington pueda detener el derrame es el resultado de un colectivo y trágico acondicionamiento mental.  Ese logro está totalmente fuera de los límites de poder del gobierno norteamericano, aunque ayudar a la limpieza del desastre sea harina de otro costal.
 
La organización mejor dotada técnicamente para solucionar semejante derrame no es otra que la propia Brittish Petroleum y antagonizar legalmente al conglomerado transnacional enviando a New Orleans al Fiscal General Eric Holder es la quinta esencia de la idiotez por lo menos ahora.  El principal interés de Brittish Petroleum en este instante reside en sellar ese derrame cuanto antes, pues le está costando miles de millones de dólares y sabe que mientras más demore la solución le costará aún más cuando reciba la cuenta definitiva por el fantástico desastre ambiental.

 

Comentarios

 
0 # mavelly 15-06-2010 15:07
bueno quiero decir para mavelly y otras amigitas o amigos q esto es bueno para q ssepan :lol: :lol: chaito amigitas ojla le sirva esto
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